Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, el legendario viento gélido del Norte me azotó el rostro como una bofetada. Pero yo sabía que lo que me aguardaba en el interior era mucho más frío que cualquier ráfaga. Damien, tras apagar el motor, se aferró al volante durante unos segundos. Tenía la mandíbula tan tensa que juraría que el hueso estaba a punto de rasgarle la piel.
—Elara —dijo, con ese tono de advertencia que tanto detestaba—. Escuches lo que escuches, veas lo que veas... mantén l