—No salgas de aquí —me había dicho.
Por supuesto que iba a salir.
Esperé hasta que el estrépito del caos exterior, los aullidos y ese nauseabundo olor metálico que la plata deja en el aire se alejaron. La pesada llave de hierro en mi mano dejaba una marca fría contra la tela de mi vestido de seda verde. Crucé los pasillos silenciosos de la mansión con los pies descalzos hasta alcanzar la colosal puerta de madera de la biblioteca.
La cerradura cedió con un clic suave y preciso.
El interior era m