Cuando la primera luz del alba se filtró en el dormitorio, me desperté con el cuello agarrotado en la silla donde me había quedado traspuesta.
Damien ya estaba despierto. Sentado en la cama, contemplaba los jirones ensangrentados de aquel vestido verde con los que había vendado su herida. Esa expresión febril y descarada se había esfumado por completo. Cuando sus ojos me buscaron, su mirada era tan gélida que sentí cómo la temperatura de la habitación caía varios grados.
—Quítate eso del cuello