—Si te quitas esa venda de la espalda por tu cuenta, te juro que te coseré la herida sin hilo, Jax.
Al dejar caer las pinzas de metal con fuerza sobre la mesa de la clínica, Jax, sentado en la camilla de exploración, agachó la cabeza como un niño culpable.
—Luna, ya está casi curada —murmuró Jax, encogiéndose de hombros—. Llevo cuatro días apostado en la autopista, subido a los árboles con los prismáticos esperando camiones. Tengo la espalda entumecida. Y la venda me pica.
—Confías demasiado en