—Cada vez que lo miras, te olvidas de respirar. Te sonrojas, Elara, te juro que puedo verlo desde aquí.
Las risitas de Sera me sacaron de mi ensoñación con un sobresalto. Estábamos repantingadas en los sillones de mimbre del amplio porche que daba al patio trasero de la mansión. Teníamos dos enormes tazas de café delante, pero mis ojos no estaban puestos en el café, sino en los guerreros que entrenaban en la pista de tierra en medio del patio.
—Solo estoy estudiando anatomía, Sera —gruñí, apart