Viggo ordenó que trajeran algo de comer, y pronto apareció una cesta rebosante de frutas. Sin pensarlo dos veces, agarré un par y comí con avidez, consciente de su mirada fija en mí todo el tiempo.
—¿Quieres un poco? —pregunté, rompiendo el silencio.
Viggo se acercó con calma y se sentó al borde de la cama, a mi lado. Sin quitarle los ojos de encima, mordí un pedazo de la manzana roja y, con un gesto atrevido, acerqué mis labios a los suyos, ofreciéndole el trozo. Dudó por un instante, pero fin