Mi padre me interceptó antes de llegar a la salida. Su mano atrapó mi brazo con fuerza, sus ojos, encendidos de furia, me perforaban. No era para menos: me había alzado contra él para defender a la persona que todos consideraban el enemigo.
—Ella nos está engañando —dijo, su voz impregnada de rabia.
Respiré profundamente. Sí, ella era malvada, pero hasta los más oscuros podían cambiar, ¿no? Aunque mucho de lo que había dicho seguía pareciendo improbable, yo quería creer que su intención era pro