Mi padre y el resto de los hombres ya estaban preparados para bajar de los barcos. Los nervios ardían en mi pecho, un cóctel de rabia y ansiedad, pero sabía lo que debía hacer: acabar con ella y recuperar a mi madre y hermana. Mi mente retumbaba con la única verdad que me quedaba: no importaba el costo, ellas no serían parte de este caos.
Sabía, o al menos lo intuía, que ambas estaban bien. No permitiría que nadie les hiciera daño, no mientras respirara. Esta guerra no las involucraba, pero yo