Viggo me arrastró fuera del lugar, y en el exterior el ambiente era abrumador. Había hombres por todas partes, rostros desconocidos mezclados con algunos familiares. Antes de que pudiera entender lo que estaba ocurriendo, un hombre de cabello rubio y pálido como la cera se acercó con paso firme. Sin mediar palabra, apartó a Viggo de un empujón y, con furia, me propinó una bofetada tan fuerte que caí al suelo como un saco vacío.
El sabor metálico de la sangre llenó mi boca, pero antes de que pud