Nos detuvimos horas después. Mis pies estaban destrozados, como si hubieran sido aplastados por un coche, y el hambre me estaba matando. Me sentía débil, al borde del abismo; estaba a punto de rendirme, deseando mandar todo al carajo y que el destino hiciera lo que tuviera que hacer. Ya no podía soportar más esta agonía.
—Dormiremos aquí —me dijo Viggo.
Me dejé caer al suelo, masajeando mis piernas adoloridas, mientras respiraba profundamente. Un nudo se formó en mi garganta, las lágrimas comen