36

Corrí lejos de aquel lugar, dejando tras de mí los tres cuerpos inertes que parecían acusarme en silencio. Me detuve de golpe, el aliento saliendo en jadeos rotos, y bajé la mirada a mis manos ensangrentadas. El sabor metálico aún persistía en mis labios, así que me los limpié con el dorso de la mano, los nervios me estaban matando. ¿Qué le diría a Viggo? No podía decirle la verdad. Limpié mis manos en la camisa, que ahora llevaba manchas carmesíes, y un nudo amargo se formó en mi garganta, sof
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