Viggo se apartó de mí lentamente, como queriendo no despertarme. Me tapó con cuidado y se sentó en la silla frente a mí, mirándome. Lo observe por unos minutos, y el no aparto la mirada de mí, hasta tal punto de hacerme sentir incomoda.
—¿Te quedarás ahí toda la noche? —le pregunté, sin dejar de observarlo.
—Duerme, saldremos con los primeros rayos del sol —me dijo, su voz tan baja que casi se perdió en el silencio de la habitación.
Me senté en la cama, molesta por su indiferencia.
—¿A dónde va