Saque el pedazo de tela de mi boca y lo tiré a un lado de la cama. Viggo, sentado en una silla frente a mí, me observaba con esa seriedad gélida que siempre lo acompañaba. Su mirada parecía atravesarme.
Me recosté con dificultad y un dolor punzante recorrió mi espalda. Me quejé, tratando de acomodarme, pero el ardor no me dejaba en paz.
—Cállate —gruñó Viggo.
Puse los ojos en blanco, conteniendo las ganas de gritarle.
—Me duele. Eres un idiota por no tener ni una pizca de compasión —murmuré, in