Cuando salimos, lo que vi fue un caos total. Cientos de esas cosas estaban esparcidas por todas partes, y los cuerpos de hombres y mujeres yacían inmóviles, esparcidos como muñecos rotos. Sentí que el estómago se me revolvía, y sin darme cuenta, apreté el brazo de Viggo como si eso pudiera protegerme de todo.
—Si esto es un sueño, por favor, despiértame —le supliqué, casi en un susurro.
—No lo es —me contestó Viggo, con una calma que me hizo preguntarme si estaba más loco que yo o simplemente y