Mundo de ficçãoIniciar sessão"Tres veces me dejó plantada en el altar. La cuarta vez, fui yo quien no apareció". Mariam Sabag logró lo imposible: escapar de las frías leyes de su familia en Riad y de un compromiso con un hombre que la ignoraba. Tres veces suspendió la boda, y tres veces Mariam tragó su orgullo, hasta que dijo "basta". Huyó a Nueva York, cambió los velos por las pasarelas y se convirtió en una supermodelo libre y deseada. Pero la libertad tiene un precio, y el destino es un juez cruel. Dos años después, decidida a ser madre sin atarse a ningún hombre, Mariam acude a una clínica de fertilidad de élite. Lo que ignora es que, en el mismo edificio, su ex prometido, el imponente Zayd Al-Rashid, intenta salvar su linaje junto a su esposa Jade, quien no logra concebir. Un error médico. Una muestra intercambiada. Semanas después, Mariam descubre la verdad: está embarazada del hombre que juró olvidar y Zayd, que no ha podido borrar de su mente la afrenta —ni el deseo prohibido que se niega a aceptar—, no piensa pedirle que regrese. Él se la lleva. Reclamando su derecho sobre el niño que ella lleva en el vientre, la arrastra de vuelta a su mundo, obligándola a aceptar una posición que Mariam jamás aceptará: ser la segunda esposa. Ahora atrapada entre las paredes de un palacio, deberá enfrentar el odio de una prima traidora y la oscura obsesión de un hombre que dice despreciarla, pero que está dispuesto a quemar el mundo antes de dejarla escapar de nuevo.
Ler maisC1-¡¿DE QUIÉN ES MI HIJO?!
—¡Sí, nena! ¡Eres increíble! ¡Sí! ¡Muévete más! El hombre miró a la mujer con una sonrisa satisfecha, y ella obedeció sin dudar, girando el cuerpo tal como se lo pedían, marcando la curva de la cadera, alargando el cuello, sosteniendo la mirada con una seguridad que se sentía real. Los flashes explotaron uno tras otro hasta que, finalmente, el último destello cesó y el fotógrafo bajó la cámara. —Perfecto, Mariam. De verdad… hiciste un trabajo excelente. Ella le devolvió la sonrisa, ya estaba acostumbrada a ser el centro de la tormenta. Justo cuando comenzaba a relajarse una figura menuda se abrió paso entre los reflectores. Era Lucía, su asistente, quien se acercó con pasos rápidos. —Mariam... tienes una llamada urgente. Es de la clínica de fertilidad. El corazón de Mariam dio un vuelco. Sus ojos azules, antes profesionales y gélidos para la cámara, se encendieron con una luz de esperanza pura. —¿La clínica? —exclamó, sin poder contener un rastro de emoción en la voz—. ¡Lucía, tiene que ser eso! Ya te lo dije, he estado sintiendo punzadas, un cansancio extraño esta mañana... ¡Estoy segura de que funcionó! Sin esperar respuesta, tomó el teléfono y caminó a paso veloz hacia la privacidad de su camerino. —¿Dígame? ¿Hola? —dijo Mariam, con una sonrisa que casi se podía escuchar a través de la línea. —¿Señorita Mariam Sabag? Habla el doctor Simmons, de la unidad de reproducción asistida —la voz al otro lado sonaba extrañamente tensa, despojada de la calidez habitual. —¡Doctor! Qué alegría escucharlo. Estaba a punto de llamarlo yo misma. He empezado a sentir algunos síntomas, náuseas ligeras y mucha sensibilidad... ¡estoy tan feliz! Realmente siento que el proceso ha sido un éxito. Hubo un silencio prolongado. Un silencio pesado que hizo que la sonrisa de Mariam empezara a desvanecerse gradualmente. Del otro lado, se escuchó un suspiro errático y el sonido de papeles moviéndose con nerviosismo. —Señorita... Yo... tengo que pedirle que mantenga la calma —comenzó el médico, con la voz quebradiza—. Hemos estado revisando los protocolos de seguridad de su intervención y... se ha detectado una irregularidad gravísima en el laboratorio. Mariam frunció el ceño, apretando el teléfono contra su oreja. —¿Una irregularidad? ¿De qué habla? El procedimiento se hizo, usted mismo me lo confirmó. —El procedimiento se hizo, sí, pero hubo una confusión en el etiquetado de las muestras —el médico tragó saliva, el pánico era evidente en su tono—. El esperma que se utilizó para su inseminación... no pertenece al donante anónimo que usted eligió de nuestro catálogo. Hubo un cruce de muestras con un depósito privado. El mundo de Mariam se detuvo. El aire en el camerino pareció agotarse de golpe. —¡¿Qué?! —gritó, negó llena de incredulidad—. ¿Qué me está diciendo, doctor? ¡¿De quién es entonces mi hijo?! (…) A miles de kilómetros de distancia, en la sala de espera privada de la clínica de fertilidad más exclusiva de New York, el aire vibraba con una tensión que amenazaba con trizar los cristales. Zayd Al-Rashid, el jeque de Riad, era una presencia que devoraba el espacio. Estaba vestido con un traje de Armani hecho a medida que acentuaba sus hombros anchos y su porte aristocrático, su cabello era negro como el ala de un cuervo, y sus ojos, del mismo tono oscuro, ardían con una impaciencia peligrosa. A su lado, sentada con elegancia estaba Jade.Su esposa.
Su belleza era clásica: cabello oscuro, ojos marrones. Vestía un conjunto saudí de seda de la más alta costura, moderno pero respetuoso, que subrayaba su estatus como la esposa del hombre más poderoso de la región. Zayd que caminaba de un lado a otro, de pronto, se detuvo y soltó una maldición entre dientes. —Zayd... —la voz de Jade fue apenas un susurro dulce, pero firme—. Maldecir está prohibido por Alá. No atraigas sombras a nuestro deseo. El jeque cerró los ojos un segundo, forzando a sus pulmones a expandirse. La sola presencia de su esposa solía ser su ancla, pero hoy, el peso del legado familiar lo estaba asfixiando. Aun asi, exhaló lentamente, relajando los puños, justo cuando la puerta se abría. —Señor Al-Rashid, el doctor Simmons los recibirá ahora —anunció la asistente. Entraron al despacho y el doctor Simmons, al verlos, se puso de pie tan rápido que casi tira su silla y tragó saliva. —Señor Al-Rashid... —saludó con una inclinación de cabeza, y luego se dirigió a Jade con un respeto casi temeroso—: Señora. Zayd no se sentó. —Quiero que me explique cara a cara lo que me adelantó por teléfono, doctor —dijo, yendo directo al grano. La cara del médico palideció hasta quedar del color del papel. Miró a Jade y luego bajó la vista a los informes sobre su mesa. —Bueno... los resultados de las últimas pruebas de la señora Jade son... concluyentes — Simmons hizo una pausa, buscando las palabras—. El tratamiento no ha tenido éxito. El útero no retuvo las muestras y, tras un análisis más profundo me temo que las probabilidades de que pueda llevar un embarazo a término son casi inexistentes. Lo más probable es que no pueda quedar embarazada nunca. El rostro de Zayd se transformó en una máscara de hielo.La frustración brilló en sus ojos negros, al mismo tiempo que se formaba una tormenta de dolor y poder herido. A su lado, Jade palideció; sus labios temblaron y sus ojos se llenaron de una tristeza devastadora, pero no lloró.
Se mantuvo erguida, aunque por dentro se estuviera desmoronando, entonces Zayd dio un paso hacia el escritorio, su sombra cubriendo al médico.
—¿Está seguro? ¿Quizás el problema soy yo? Quizás mi esperma no es lo suficientemente fuerte para el proceso... El doctor Simmons negó con la cabeza frenéticamente. —Me temo que no, señor Al-Rashid. Usted... usted está perfectamente bien. Su recuento y vitalidad son extraordinarios. Zayd apretó el ceño, entrecerrando sus ojos peligrosamente. —¿Cómo puede estar tan seguro? No me he hecho una prueba. ¿Cómo lo sabe? El médico suspiró, sabía que estaba a punto de destruir su propia carrera, y quizás su vida. Aun así no podía callarlo, así que se secó el sudor de la frente con un pañuelo y miró a Zayd a los ojos. —Lo sé porque, por un error catastrófico de nuestro laboratorio... inseminamos por equivocación a otra cliente con su esperma. El silencio en la habitación fue absoluto. —Y ella... —continuó el médico con un hilo de voz—, ella ha dado positivo. Está cien por ciento embarazada de su hijo, señor.C8: EL JEQUE VENDRÁ ESTA NOCHEEl día de la boda amaneció con un cielo despejado sobre Riad, el Palacio Al-Rashid había sido transformado para la ocasión. Los invitados incluían a ministros del gobierno, jeques de tribus aliadas y familias prominentes de Riad, todos vestidos con sus mejores galas.Jade se movía entre los invitados como la primera esposa, vistiendo una abaya de seda color turquesa con intrincados bordados de oro, su rostro mostraba una sonrisa perfecta, pero sus ojos permanecían fríos y calculadores.Se acercó al padre de Mariam, quien conversaba con otros hombres mayores.—Tío Mustafá —saludó con una reverencia respetuosa—. Que Alá bendiga esta unión entre nuestras familias.El hombre asintió solemnemente.Cuando los padres de Jade murieron en un accidente hace quince años, había sido Mustafá, hermano de su padre, quien la acogió como una hija más. Por eso creció junto a Mariam como hermanas, hasta que ambas pusieron sus ojos en el mismo hombre: Zayd.Aun así fue ella
C7: ¿VENDRÁS A VERME ESTA NOCHE?El rostro de Mariam se encendió. En la cultura saudí, tales preguntas eran tabú, pero entre madre e hija, en vísperas de una boda, se volvían necesarias.—¡Mamá! —protestó, ante la mirada insistente de Amira. Pero aun así confesó—. No, nunca he estado con nadie.La madre estudió el rostro de su hija y, al ver la verdad en sus ojos, se llevó las manos a la boca.—Por Alá, mi niña es pura —murmuró, abrazándola con fuerza—. Gracias al Misericordioso. ¡Gracias Alá!Mariam aceptó el abrazo, sintiéndose extrañamente vulnerable.—Y seguiré siendo pura, mamá —afirmó después con determinación—. Zayd no va a tocarme... te lo aseguro. Y mejor vámonos.Amira se separó y acarició el rostro de su hija con ternura.—Mi niña... no sabes la responsabilidad que llevas ahora —dijo con voz suave—. Eres la madre del heredero del jeque… —Bajó aún más la voz—. En dos años casados, Jade no ha podido embarazarse. Se dice que es estéril, así que... tú, como su segunda esposa...
C6: ¿ERES VIRGEN?Mariam se quedó inmóvil. El corazón se le tensó en el pecho como una cuerda a punto de romperse, sintió que el tiempo se detenía mientras su madre esperaba una respuesta.—No —respondió finalmente, obligándose a enterrar cualquier sentimiento—. No siento absolutamente nada por él, madre. Eso quedó en el pasado.Pero su cuerpo la traicionaba.El pulso acelerado, las palmas sudorosas, ese calor que subía por su cuello cada vez que pensaba en el beso que le dio... sensaciones que intentaba enterrar bajo capas de resentimiento.Amira observó a su hija con ojos sabios y una sonrisa triste se dibujó en su rostro mientras acariciaba la mejilla de Mariam.—Habibti, (mi amor) mis ojos han visto demasiados amaneceres para que puedas engañarme. Tus ojitos nunca han sabido mentir. Lo sigues amando, porque solo el amor puede empujar a alguien a hacer lo que tú hiciste.El silencio que siguió estaba cargado de verdades no dichas. Y Mariam recordó cómo la intensidad de ese sentimie
C5: ¿YA NO SIENTES NADA POR ÉL?El avión aterrizó en Riad cuando el sol comenzaba a caer.Desde el auto, Mariam observó el paisaje que se abría frente a ella: el desierto extendiéndose como un recuerdo que nunca se había ido, las carreteras amplias, los edificios modernos levantándose junto a construcciones antiguas, una ciudad creciendo sin pedir permiso, igual que ella había tenido que hacerlo.El trayecto fue silencioso.Zayd miraba al frente, serio, impenetrable, Mariam apoyó la mano en el vidrio tratando de entender cómo en cuestión de horas, su mundo había dado la vuelta completa.Había crecido en esa tierra.Mariam Sabag había sido una chica con sueños, una ingenua que pensó que el amor podía cambiarlo todo, porque su amor por Zayd nació el día en que lo salvó. Había sido un accidente en el desierto, un vehículo volcado, fuego, gritos, pero ella había corrido sin pensar, había sostenido su herida.Zayd despertó días después sin recuerdos… y se enamoró de Jade, pronto entendió q





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