C2-EL VIENTRE EQUIVOCADO.

C2: EL VIENTRE EQUIVOCADO.

Zayd se mantuvo inmóvil, mientras el eco de las palabras del doctor Simmons aún vibraba en las paredes.

Un hijo... Iba a tener un hijo con una desconocida...

Durante dos años, él y Jade habían intentado concebir un heredero y al final de cada mes era el mismo resultado. Ahora el Consejo de Ancianos ya comenzaba a murmurar en los pasillos del palacio, sus miradas cargadas de especulación y duda. Sin un heredero, su posición como jeque se erosionaba día tras día y los rivales que esperaban verlo caer afilaban sus cuchillos en la sombra, sabiendo que un líder sin descendencia era un líder vulnerable.

Y ahora, el destino le entregaba lo que más necesitaba... pero en el vientre equivocado.

Miró a Jade por un segundo.

Su pecho se tensó con una punzada de algo que podría haber sido pena. Ella permanecía rígida junto a la ventana, con los nudillos blancos sobre el bolso de diseñador. Aunque no pronunciaba palabra, Zayd conocía ese silencio. Sabía que esto la destrozaba por dentro, que cada latido de ese hijo ajeno era una daga en su corazón.

Aun así, no había vuelta atrás.

Tenía que conocer a esa mujer. Tenía que llegar a un acuerdo. El legado de su linaje dependía de ello.

—Prepara tus cosas —ordenó de repente—. Vas a volver a Riad.

Jade retrocedió un paso, con el choque pintado en sus facciones delicadas.

—¿Zayd? ¿Me estás enviando de regreso... ahora? Acaban de decirnos que...

—No es una discusión, Jade —la cortó él. Se acercó y depositó un beso en su frente; un gesto que marcaba posesión y despedida a la vez—. Esto es asunto mío ahora.

Ella apretó los labios, tragándose el nudo de dolor, y salió del consultorio con la espalda recta y la dignidad como único escudo. La puerta se cerró con un clic definitivo y Zayd se volvió hacia el médico, cuya silla chirrió mientras intentaba alejarse.

—¿Dónde está ella? —la pregunta fue un susurro letal—. Quiero verla.

(…)

Mientras tanto, en el camerino, el caos se había desatado. Mariam caminaba de un lado a otro, su cabello castaño ondeando con cada giro furioso.

—¡Pero cómo que equivocado! ¡Esas clínicas cobran fortunas por su seguridad! —exclamó Lucía, tratando de seguirle el ritmo.

—¡Eso fue lo que dijo! —Mariam se detuvo en seco, sus ojos echando chispas de puro fuego—. ¡Ahora estoy llevando el hijo de quién sabe quién, y no del moreno español que pedí! ¡Mi planificación, mi vida, mi cuerpo!

Sin pensarlo, tomó su bolso de diseñador y abrió la puerta.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lucía, preocupada por la vida del médico.

Mariam se giró con una sonrisa gélida y letal.

—Por lo pronto, ahorcarlo. Y después me reuniré con mis abogados. Voy a demandar a esa clínica; y para cuando termine con ellos, me deberán hasta el aire que respiran.

Minutos después, Mariam irrumpió en la recepción de la clínica como un huracán de belleza e indignación.

La secretaria, al verla, se puso pálida de inmediato.

—Señorita Sabag... por favor, no es un buen momento... el doctor está...

—Me importa un bledo si el doctor está operando a corazón abierto —bufó, cruzándose de brazos—. Dígale que si no me recibe ahora mismo, la próxima persona que cruce esa puerta será un equipo de demolición con una orden judicial.

La secretaria tragó maldiciendo su peor día.

—El doctor Simmons está ocupado con otro paciente, por favor espere... —suplicó.

—Perfecto —soltó Mariam con una acidez que podría haber corroído el mármol de la recepción—. Así ese pobre desgraciado sabrá en qué lío se está metiendo al confiar en este lugar.

Ignorando los llamados de la secretaria, caminó hacia el consultorio principal y abrió la puerta de par en par. El doctor Simmons estaba detrás de su escritorio, empapado en sudor, luciendo como si fuera a sufrir un infarto en cualquier segundo.

Pero lo que detuvo el aliento de Mariam fue la figura de espaldas, mirando hacia los ventanales que daban a la ciudad. Era un hombre de hombros imponentes, cuya sola presencia emitía una gravedad que hizo que se le erizara la piel. Sintió un estremecimiento desconocido, una descarga eléctrica que le recorrió la columna antes de que él siquiera se moviera.

Sin embargo, no le dio mayor importancia y enfocó al médico y este viendo su salvación o su condena, habló con voz temblorosa.

—Señor Al-Rashid... qué casualidad. Aquí está la mujer que lleva a su hijo.

El nombre golpeó a Mariam como un mazo.

«Al-Rashid.»

Cuando el hombre se giró lentamente, su mundo se puso de cabeza. Zayd la envolvió con una mirada negra como la noche, tan intensa y depredadora que el aire pareció desaparecer del cuarto.

Durante un segundo eterno, sus ojos —azul eléctrico contra negro abismo— se trabaron en un duelo silencioso. Zayd la recorrió de arriba abajo, deteniéndose apenas un instante más de lo necesario en su vientre, antes de clavar su vista en el rostro.

—Así que tú eres el vientre que custodia mi legado —afirmó, acercándose sin apartar la vista—. No esperaba que el destino tuviera un gusto tan... exquisito para los errores, Mariam.

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