C3-SEGUNDA ESPOSA


C3: SEGUNDA ESPOSA

Mariam sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

«¿Zayd? ¿Zayd Al-Rashid era el dueño de la muestra?»

No podía ser verdad.

Seguramente estaba en un sueño, o una maldita pesadilla de la que no podía despertar. No podía ser verdad que el hombre que juró no volver a ver jamás, el que representaba todo lo que ella había intentado dejar atrás, era ahora el padre del hijo que crecía en su vientre. Pero antes de que pudiera siquiera pellizcarse para comprobar que la realidad no le estaba gastando una broma macabra, la voz de Zayd, profunda y autoritaria, la sobresaltó.

—Fuera —ordenó al médico, sin apartar la vista de ella—. Déjenos solos.

El doctor Simmons no esperó una segunda orden; asintió frenéticamente y salió de la oficina casi tropezando con sus propios pies, cerrando la puerta tras de sí.

El silencio que siguió fue asfixiante, cargado de una electricidad que hacía que el vello de los brazos de Mariam se erizara.

Zayd no dijo nada al principio.

Se limitó a detallarla con una intensidad depredadora, recorriendo cada centímetro de ella: desde las ondas oscuras de su cabello hasta sus labios entreabiertos, bajando por el cuello tenso y deteniéndose en sus curvas, resaltadas por unos jeans ajustados y una blusa que no dejaba mucho a la imaginación.

Apretó los puños.

Le parecía irritantemente atractiva y también le enfurecía que ella se hubiera mostrado así al mundo durante los últimos dos años.

Entonces, Mariam fue la primera en romper el hielo, aunque su voz sonó más ácida de lo que pretendía para ocultar el temblor de su corazón.

—¿Qué significa esto, Zayd? ¿Qué demonios haces tú en una clínica de fertilidad en New York? —escupió, arqueando una ceja—. ¿Acaso el gran Jeque de Riad descubrió que su virilidad no es tan legendaria como dice?

Zayd dio un paso hacia ella, ignorando el insulto.

—Siéntate, Mariam.

Ella no se movió un milímetro, en cambio cruzó los brazos sobre el pecho, de forma desafiante.

—No me siento para nadie y mucho menos para ti.

La mandíbula de Zayd se tensó.

En su mundo, su palabra era ley; y nadie, absolutamente nadie, se atrevía a desobedecerle. Sin embargo, en lugar de estallar, dejó que una chispa de fascinación oscura cruzara su mirada y fue directo al grano.

—Ese niño... ese heredero que llevas dentro —dijo él, bajando el tono a un susurro peligroso—, es mi hijo. Sangre de mi sangre y futuro de mi linaje.

Por dentro, Mariam sintió un vuelco.

Lo amaba, Dios sabía que aún lo amaba a pesar del dolor, pero su orgullo era más fuerte, así que se escudó en su coraza y se burló con una frialdad que ocultaba su fragilidad.

—¿Tu hijo? Te equivocas. Es mío. Solo mío. Yo elegí este camino, yo puse el cuerpo. Tú solo eres un error de laboratorio, una muestra mal etiquetada que pienso borrar de mi historial legal.

—¿Un error? —repitió él, como si saboreara la palabra—. El azar no existe, Mariam. Yo no creo en errores. Creo en lo que Alá dispone. Y Alá ha dispuesto que tú lleves mi sangre.

—Pues qué pena con Alá… ya no soy musulmana.

—Eso no cambia el hecho biológico.

—Para mí, sí —sentenció ella—. ¿O es que debo recordarte que fui repudiada de mi propia familia? —ella vio ese hecho en sus ojos y sonrió, porque sabía que él no podía contradecirlo—. Así que no. No estoy obligada a seguir tus leyes y órdenes Zayd. Si viniste a Estados Unidos por un hijo... No será el mío.

Ante su desafío, Zayd no esperó más, en un movimiento invadió su espacio haciendo que Mariam retrocediera instintivamente hasta que su espalda chocó contra la madera fría de la puerta. Él apoyó ambas manos a los lados de su cabeza, acorralándola y dejando que el aroma a sándalo y poder que emanaba de él la envolviera.

—Escúchame bien —gruñó, su rostro a escasos centímetros del suyo, permitiendo que ella sintiera el calor de su aliento—. Por las leyes de mi pueblo y por el derecho de mi sangre, a partir de este momento ya no perteneces al mundo de las pasarelas y los flashes. Desde este momento, me perteneces a mí, así que... te mudarás a mi residencia bajo mi vigilancia absoluta, porque no voy a permitir que mi hijo crezca lejos de su padre y menos de su cultura y mucho menos que lo críes como un americano.

Mariam no bajó la mirada y a pesar de que sus corazones latían al unísono en una danza frenética de odio y eso que no supieron nombrar, ella le sostuvo el desafío.

—Mi útero no es "propiedad" de ningún Jeque —siseó, sus ojos azules brillando como zafiros bajo el sol—. Y tampoco soy una de tus súbditas ni una de tus yeguas de raza. Así que no pienso entregarte a mi hijo, y mucho menos pienso ser tu prisionera. Intenta obligarme y verás cómo destruyo tu reputación antes de que puedas decir "Mabrouk". (Felicidades)

Zayd la miró, y por un segundo, la tensión fue tan palpable que el aire pareció arder. Él no pudo evitarlo; una sonrisa lenta y posesiva curvó sus labios, porque en el fondo le encantaba que ella peleara, le encantaba que fuera la única mujer capaz de mirarlo a los ojos y decirle que no.

Se ajustó los gemelos de oro de su camisa antes de hablar.

—Sigues siendo tan impulsiva, Mariam. Tan... occidentalizada —dijo, con una sonrisa ladeada—. Pero olvidaste algo fundamental: sé de dónde vienes. Conozco a tu padre, y tú sabes que, en Riad, su honor depende de mi beneplácito. Una sola palabra mía y la posición de tu familia se desmoronará como un castillo de arena.

Ella palideció, pero Zayd no había terminado. Dio un paso lento alrededor de ella, como un depredador evaluando a su presa.

—¿Y qué hay de tu madre? ¿Y de tu hermanita? —continuó, su voz bajando hasta volverse fría—. Destruiré sus vidas, Mariam. Y… si por tu orgullo, intentas llevar esto a las cortes americanas, usaré mi fortuna y mis empresas aquí para enterrarte en juicios hasta que no te quede ni un centavo para comprarle un pañal a mi hijo. Y cuando estés quebrada, demostraré que una modelo con "vida disoluta" no es apta para criar a un heredero Al-Rashid. Te quitaré al niño y no volverás a verlo jamás, ¿eso quieres?

La respiración de Mariam pasó de cero a cien y lo enfocó con ojos enfurecidos.

—¡Eres un monstruo! —escupió—. ¡Te maldigo, Zayd! ¡Maldigo el día en que permití que alguien como tú siquiera compartiera mi aire! Eres un tirano, un animal que solo sabe usar el miedo porque no tiene alma. ¡Me das asco!

Zayd recibió los insultos con una serenidad exasperante. Se limitó a mirarla, disfrutando de la llamarada de odio que la hacía ver más hermosa que nunca.

—El odio es una emoción muy cercana a la pasión, Ya Nimra (tigresa). No lo olvides —dijo él, deteniéndose frente a ella nuevamente—. Ahora, prepárate. Despídete de este mundo de libertinaje, de las pasarelas y de mostrarle tu belleza a otros hombres. Mañana, volverás conmigo a Riad.

Mariam soltó una carcajada amarga, carente de humor, aunque en el fondo se la comían los nervios.

—¿Crees que voy a volver para ser tu prisionera? ¿Para que me escondas en un rincón de tu palacio? ¡Estás loco!

Zayd la miró con una intensidad que le detuvo el corazón, se inclinó hacia ella, capturando su barbilla con los dedos.

—¿Quién dijo que volverás como una prisionera? Volverás para ocupar el lugar que el destino, o ese error de laboratorio, te ha reclamado. Te casarás conmigo —el shock cruzó el rostro de Mariam como un relámpago y él lo saboreó—. Te convertirás en mi segunda esposa.

Por segunda vez el mundo se tambaleó para Mariam.

«¿Segunda esposa? No... ¡de ninguna manera!»

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP