Narrado por Gabriel Calvelli
El interior de la ambulancia olía a antiséptico, metal frío y a ese aroma dulce y artificial de los sedantes que acababan de administrarle a Isabella. El caos de la terraza de la mansión había quedado atrás, reemplazado por el balanceo rítmico del vehículo y el aullido constante de la sirena que abría paso entre el tráfico pesado de Olimpia.
Isabella yacía en la camilla, con el rostro pálido y las pestañas aún húmedas por el llanto del terror. Sus manos, las mismas