Narrado por Gabriel Calvelli
Entré en la casa como un vendaval, tirando la puerta principal con tal fuerza que el eco resonó en las paredes vacías. El silencio que me recibió era una bofetada. Subí las escaleras de dos en dos, con la respiración entrecortada y los puños cerrados. No podía pensar, no quería razonar. Solo veía el rostro de Isabella con el labio partido y la sombra de aquel blindado negro alejándose hacia la capital.
Entré en nuestro dormitorio —el que hasta hace unas horas era mi