Narrado por Gabriel Calvelli
El hangar de la 314 se sentía como una tumba vacía, así que no nos quedamos allí. No podíamos. En cuanto las patrullas desaparecieron en la penumbra del atardecer, Lucas, Liam, Nicolás y yo nos subimos a la unidad de mando. Manejé hacia la Comisaría Central con los nudillos blancos apretando el volante. No me importaba el protocolo, ni las leyes federales, ni que Isabella me hubiera ocultado quién era. Solo sabía que mi mujer estaba tras las rejas y que yo no iba a