La habitación 402 estaba sumida en una calma tensa, solo interrumpida por el pitido rítmico del monitor cardíaco. El olor a antiséptico parecía enfriar el ambiente, pero la mano de Isabella entre las mías era un ancla de calor que me mantenía unido a la realidad. Me senté en el borde de su cama, todavía con el uniforme sucio, sintiendo que el peso de los años me aplastaba los hombros.
—Me lo contaste todo afuera, ¿verdad? —susurró ella, con la voz