—¡No, Lucas! —lo cortó ella—. Tiene razón en lo que dijo anoche: estoy sola. Y estar sola sin un centavo es una sentencia de muerte en este mundo. Necesito un trabajo, Gabriel. Un trabajo de verdad donde me paguen un sueldo, no solo comidas calientes y una cama.
Gabriel la miró fijamente. La vulnerabilidad de Isabella, mezclada con su orgullo herido, era una combinación que lo desarmaba. Él sabía que ella era capaz de mucho más, que su pasado (del cual seguía sin saber nada) probablemente invol