Se derrumbó de nuevo, esta vez sobre sus rodillas, en el suelo del balcón. Se puso las manos en la cabeza y volvió a sollozar, un sonido que me partió en dos. Me arrodillé ante él, tomé su rostro entre mis manos y obligué a que me mirara.
—Gabriel, mírame —ordené, con la voz firme—. No hagas esto más difícil. No hagas que sea más difícil irme.
—¿Irte? —susurró, con los ojos llenos de un dolor insoportable—. ¿Te vas a ir así, sin más? ¿Vas a ser tan egoísta?
—¿Yo? ¿Egoísta? —me reí, una risa sin