La mañana en la estación 314 estaba cargada. Los chicos evitaban mirarme a los ojos; Lucas me lanzaba miradas de advertencia cada vez que pasaba por mi lado, y el ambiente festivo de la boda se había evaporado, reemplazado por una tensión eléctrica.
Isabella llegó cerca del mediodía. Venía de la oficina de correos, cargando unos formularios que faltaban. Entró en mi oficina con su energía habitual, pero se detuvo en seco cuando me vio sentado tras el escritorio, con la cabeza entre las manos.
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