Ariadne sentía cómo la sangre le hervía, respiraba largamente para calmar cada fibra de su ser, sabía que no podía hacer nada frente a su hijo.
—Evolet —se conectó con su loba—, no haremos nada imprudente frente a nuestro cachorro. Ya encontraremos una forma de vengarnos de este lobo rastrero —un suspiro profundo, cargado de resignación, se escapó de sus labios—. Además, hay un vínculo que los une, y ya no podemos evitar que vea a su hijo.
Evolet retrocedió, aún gruñendo, pero obediente se desv