Gedeon y Ariadne llegaron a la entrada de Corinto, donde Gedeon ordenó que abrieran el portón. A medida que avanzaban, los habitantes de la manada los observaban con curiosidad y desconfianza, susurrando entre ellos sobre los extraños que acompañaban a su rey. No se atrevían a preguntar, por temor a ofender al Alfa.
Gedeon dirigió a su grupo hacia su mansión, y al llegar, el primero en recibirlos fue Jonas.
—Su Majestad, qué bueno tenerlo de vuelta en la manada —dijo Jonás, con una reverencia.