Aradne se adentró en el bosque. Llegó frente a un viejo roble y se desplomó, cayendo de rodillas. Comenzó a sollozar desconsoladamente, como si un diluvio desbordara ríos. Se abrazó el estómago con fuerza, intentando apaciguar las punzadas agudas que sentía en su vientre, mientras las primeras gotas de lluvia empezaban a caer del cielo. Cada gota que tocaba su piel era un recordatorio de que el lobo del que se había enamorado ahora era un extraño en su vida.
—¿Por qué, Gedeón? ¿Por qué me utiliz