La comisaría olía a una mezcla nauseabunda de desinfectante barato, sudor rancio y desesperación humana acumulada durante décadas. Valentina llegó apenas treinta minutos después de que la patrulla policial se llevara a Diego, su cabello todavía despeinado del estacionamiento del hospital, sus ojos hinchados e inyectados de sangre por las lágrimas que no había dejado de derramar durante todo el trayecto en taxi.
—Necesito ver inmediatamente a Diego Valentín Cortés. —Su voz salió más firme de lo