Diego se quedó mirando la fotografía en la pantalla brillante de su teléfono hasta que sus ojos comenzaron a arderle por la luz artificial despiadada. Sus manos temblaban tan violentamente que tuvo que apretar el dispositivo con ambas palmas para evitar que se le cayera sobre el linóleo frío del piso del hospital.
Día treinta y cinco.
La fecha estaba ahí, impresa en la esquina superior del documento que Valentina firmaba con una expresión concentrada en su rostro capturado perfectamente por la