CAUTIVERIO
En una habitación apenas iluminada por la luz mortecina que se filtraba a través de una ventana, Nathaniel y Julián esperaban en silencio. La tensión flotaba en el aire, casi tangible, mientras revisaban sus relojes cada pocos minutos. Finalmente, la puerta se abrió con un chirrido, y una figura imponente entró. Era Lucían, su presencia llenaba la estancia con una autoridad indiscutible.
Nathaniel fue el primero en hablar.
―Hemos acordado una reunión con alguien del círculo íntimo de