Susan finalmente rompió el silencio, pero para cambiar de tema. —Huele de maravilla —dijo, señalando la olla con agua hirviendo donde se cocinaban los espaguetis secos.
—Casi listo —respondió Leo. Escurrió la pasta y la echó con destreza a la sartén con la salsa. Los fideos brillaban al absorber la vibrante mezcla de tomates, ajo y albahaca.
Leo sirvió la pasta, adornándola con un poco de parmesano rallado y una ramita de albahaca. Le ofreció un plato, rozándose brevemente sus dedos.
Susan dudó