-Ay ¿lo llamo o no lo llamo?-, estuve cavilando todo el día, metida en mi cama, turbada, fastidiada y ciertamente reventando por los celos. Lo que no quería es que Gonzalo se entusiasmase conmigo, porque entonces sí que estaría en graves problemas.
Por fin lo llamé. -¿Katherine? ¿Eres tú?-, balbuceó Gonzalo cuando timbré su móvil.
-¿Qué es de tu vida?-, junté los dientes, jalé mis pelos, moví mis tobillos, golpeé mis rodillas y sentí erguirse mis pechos en el busto.
-Todo igual, Katy, en