Ruth Evand cayó en desgracia. Empezó a perder sucesivamente, y ya no fue la mujer imbatible que ganaba a cuanto rival se le ponía enfrente. Perder en Wimbledon y el Open de Estados Unidos, le afectó demasiado y quedó sugestionada y frustrada. Salió del tope cien incluso y al poco tiempo se retiró del tenis, casi en silencio, abrumada por no haber podido vencerme. Ella siempre pensó que yo no le jugué limpio, que me dopaba, que tenía fierros en mi manos y que me aplicaba hormonas masculinas.