En octavos de final enfrenté a una checa, muy hermosa, que era la décima del mundo y que había sido la gran sorpresa de las eliminatorias. Stanislava Pivarnik parecía una muñequita con sus pelos rubios encendidos, la mirada celeste y esa sonrisa larga dibujada en sus labios muy coquetos.
Apenas practicamos antes de jugar, lanzándonos pelotas y descubrí, de inmediato, que su revés era poderoso.
-Me va a complicar el partido-, junté los dientes. Ashley me daba masajes a los hombros, porque