La puerta del despacho del Pakhan se cerró tras Gianni con un suave clic que resonó como un portazo en el silencio opresivo de la mansión.
Una hora de estrategia fría, de amenazas veladas y pactos tácitos había dejado un sabor metálico en su boca.
Necesitaba verla. Necesitaba el antídoto que solo Ivanka proveía.
Encontró la puerta de su habitación semiabierta. El aire olía a vapor, a jabón de lavanda y a una elegancia fresca.
Ivanka estaba de pie frente al gran espejo del vestidor, ajustando el