El aire exterior golpeó a Gianni como una bofetada de pureza glacial. Respiró hondo, profundamente, llenando sus pulmones hasta quemar, expulsando el tufo a sexo rancio, sangre y desesperación que se le había adherido al alma dentro del antro.
El cielo plomizo de San Petersburgo, las copas nevadas de los abetos, incluso el frío cortante que le mordía las mejillas magulladas, eran un bálsamo después del infierno. Cerró los ojos un instante, saboreando la limpieza relativa, aunque sabía que la man