Juegos de Seducción: Mi Asistente es un Gigoló
Juegos de Seducción: Mi Asistente es un Gigoló
Por: D. Meiler
01: Necesito un Asistente

Gianna Sterling no se quitaba los zapatos ni para follar.

El hombre que jadeaba sobre ella ni siquiera sabía su apellido. Había dicho llamarse Daniel o David, algo con D, pero a Gianna le daba igual. Solo le importaba que tuviera espalda ancha, mandíbula marcada y la suficiente discreción para desaparecer sin hacer preguntas.

El apartamento era de él. Anodino, limpio, sin personalidad. Gianna había elegido el lugar como quien elige un hotel: por conveniencia, no por deseo. Yacía desnuda sobre sábanas que olían a suavizante barato, con el vestido arrugado en el suelo y los tacones aún puestos. Siempre dejaba los tacones puestos.

—Ha sido... —empezó él, incorporándose sobre un codo, con la respiración aún agitada—. Ha sido increíble.

Gianna se incorporó sin mirarlo. Buscó el sujetador, la falda, el perfume.

—No me llames.

—Pero ni siquiera sé tu nombre.

—Exacto.

Se puso el abrigo, se alisó el pelo con los dedos y salió sin cerrar la puerta.

Fuera, el frío de noviembre le mordió las mejillas. La ciudad rugía abajo, indiferente. A Gianna le gustaba esa sensación: anónima, intocable, libre. Se subió al Bentley negro que la esperaba junto a la acera y apoyó la nuca contra el reposacabezas. Suspiró. Vacía. Como siempre. Como quería estarlo.

El sexo no era un placer. Era un procedimiento. Una válvula de escape que abría y cerraba sin consecuencias. Los hombres que compartían su cama no dejaban huella. No había caricias al despertar ni mensajes cursis en el teléfono. Solo cuerpos, solo desahogo, solo silencio después.

Y así debía seguir siendo.

El amor era una e****a. Se lo habían enseñado de la peor manera posible.

Gianna Victoria Sterling era la tercera generación de un imperio que llevaba su apellido.

Hoteles, bienes raíces, fondos de inversión. La revista Forbes la había llamado «la heredera más fría del país».

Su abuelo construyó el imperio. Su padre casi lo destruyó con escándalos y amantes. Su madre se apagó en silencio, ahogada en pastillas, mientras él le escribía cartas de amor a otra mujer. Gianna heredó el control a los veintitrés años y duplicó el valor de la empresa. Pero también heredó una certeza: el amor solo servía para vaciar cuentas bancarias y destruir a quien se dejaba engañar.

Desde entonces, no había vuelto a llorar.

Ni una sola vez.

Aprendió a ser dura, a hablar con cifras en lugar de sentimientos, a caminar por los pasillos de su empresa con la cabeza alta y la mirada de quien no necesita a nadie. Los ejecutivos la temían. Los competidores la respetaban. Y los hombres... los hombres eran entretenimiento. Nada más.

Hasta que apareció Ethan.

Ethan había sido el error que confirmó todas sus teorías. Guapo, bohemio, pintor. Le decía que era hermosa, que la admiraba, que no le importaba su dinero. Durante un año y medio, Gianna bajó la guardia. Le abrió su casa, su cartera, su cama. Creyó que podía existir alguien que la quisiera por quién era y no por lo que tenía.

Una noche discutieron. Él, borracho, le escupió la verdad como quien vacía un arma: «Eres fría, controladora, insoportable. Pero el dinero era bueno. Casi valió la pena aguantarte.»

Casi.

Esa palabra le dolió más que todas las demás juntas.

Ethan desapareció una semana después. Se llevó doscientos mil dólares de una cuenta compartida, tres relojes de colección y la única certeza que Gianna aún conservaba: la de que nadie podía amarla sin un precio.

Desde entonces, cada hombre que tocaba su piel pagaba el pecado de otro.

Gianna marcó el número de la jefa de recursos humanos.

—Necesito un nuevo asistente —dijo, apenas la mujer contestó. No hubo saludos ni cortesías.

La mujer del otro lado del teléfono guardó silencio.

—¿Algún problema con lo que acabo de decir? —preguntó Gianna, sin paciencia.

—No, señorita Sterling... —respondió la directora de Recursos Humanos con una voz tensa—. Solo que... esta sería la octava vacante en menos de un año.

—La novena.

La mujer tragó saliva.

Era cierto.

La última asistente había renunciado apenas dos horas antes, dejando sobre el escritorio una carta escrita a mano y un frasco de aspirinas a medio terminar.

Gianna cerró los ojos y suspiró agotada.

—Si alguien no soporta el ritmo de mi empresa, no merece trabajar en ella.

La mujer no se atrevió a discutirlo.

Después de todo, ella había convertido a Sterling Corporation en una de las compañías más poderosas del país. Cada decisión que tomaba multiplicaba millones... y cada error ajeno costaba un empleo.

Era brillante.

Exigente.

Implacable.

Y, según las revistas financieras, la CEO más joven e influyente de su generación.

Según la prensa del corazón, también era conocida por otro nombre.

“La mujer sin corazón.”

Gianna miró la lluvia fina que caía a través de la ventanilla.

—Quiero al mejor candidato sobre mi escritorio antes de que termine la semana.

Colgó antes de poder oír una respuesta. No quería excusas.

Solo entonces la mujer del otro lado del teléfono soltó el aire que llevaba varios segundos conteniendo.

La directora de Recursos Humanos dejó caer la cabeza sobre el respaldo de la silla.

—¿Dónde demonios voy a encontrar a alguien dispuesto a trabajar para esa mujer?

En algún lugar de la ciudad...

Un hombre estaba a punto de inventarse una vida entera para conseguir ese puesto.

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