El día que dejamos el hospital, el cielo estaba despejado y una brisa suave se colaba por los árboles del estacionamiento.
Danae dormía tranquila en mis brazos, envuelta en una mantita blanca con bordes de encaje que Mia había preparado con tanto amor. Era tan pequeña... tan frágil... que cada movimiento mío parecía medido con el alma.
Aziel no se separaba de nosotras ni por un segundo. Llevaba la pañalera al hombro y a Danae en sus brazos con orgullo.
Caminaba como si llevara el mundo entero