Capítulo 50. El tiburón y la domadora.
Victoria suspiró, como quien lidia con un niño berrinchudo. Se acercó un poco más a él y bajó el tono a un susurro que Arthur y Camila escucharon perfectamente.
—Bien. Pégale. Rómpela la nariz. Haz tu show de macho alfa.
Victoria hizo una pausa dramática.
—Pero te advierto una cosa, Bruno Ávalos: si armas un escándalo aquí, te vas a dormir a la sala de televisión o en el cuarto de huésped. Y no por una noche. Por un mes completo.
Bruno parpadeó, descolocado. La amenaza doméstica cortó su furia