Capítulo 37. El beso del naufragio.
Bruno la besó con la furia de un hombre ahogándose, con el sabor salado de sus propias lágrimas y la amargura de la traición en sus labios.
Fue un beso de naufragio, una rendición violenta. Sus manos, que momentos antes habían estado cerradas en puños de ira, se aferraron a los costados del rostro de Victoria con una mezcla de voracidad y ternura desesperada.
Los dedos le temblaban contra la piel, como si temiera que ella también fuera a desvanecerse en humo, otra ilusión más que se le escapa