Capítulo 104. El milagro roto.

La mancha negra subió con la ola. Camila apretó la barandilla de acero. Sus nudillos estaban blancos. No parpadeó. El agua salada le quemaba los ojos.

—¡Ahí! —gritó Camila. Señaló al frente con un dedo tembloroso—. ¡Acelere!

El comandante miró hacia donde ella señalaba.

—¡Avante! —ordenó el militar.

Los dos motores de la lancha rugieron. La proa se levantó. Cortaron el agua a toda velocidad. Cincuenta metros. Treinta metros. La mancha tomó forma. No era un trozo de fuselaje. No era un cojín
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