163. La calma antes de otra verdad.
Ninguno de nosotros apartó la vista de aquella ventana.
La silueta permanecía inmóvil al otro lado del jardín.
La luz detrás del vidrio apenas permitía distinguir la figura de una persona alta, con los hombros rectos y una mano levantada en un saludo tranquilo, casi familiar.
Elena perdió el color del rostro.
—Eso no puede estar pasando...
Marcelo dio un paso hacia el balcón.
—¿Lo reconoce?
Ella tardó unos segundos en responder.
—La casa del cuidador quedó vacía el mismo día que nos marchamos.