161. La sangre no eligió nuestro destino.
La frase permaneció suspendida en el aire.
Nadie pareció capaz de mover un solo músculo.
Las lámparas antiguas seguían iluminando la biblioteca con aquella luz cálida que contrastaba con el frío que acababa de instalarse dentro de mi pecho.
Sentía la carta entre mis manos.
Temblaban.
No conseguía apartar la vista de Elena.
Había pronunciado aquellas palabras con absoluta convicción.
No sonaban como una teoría.
No eran una sospecha.
Parecían el resultado de años buscando respuestas.
Respiré lent