—Porque Cloe no dejó que nadie tocara nada —dije yo, sentándome frente a él—. Decía que era la única forma de sentir que no te habías ido del todo. Limpiaba esta habitación como si fuera un santuario.
Dominic se quedó en silencio, con la mirada perdida. Su mano, temblorosa, se estiró hacia una pequeña mesa de noche que solía tener una foto. Pero no había una foto. Había un marco vacío.
—¿Dónde está nuestra foto? —preguntó.
—Ella la llevó consigo —respondió Mía, suavemente—. Se llevó lo que era