El grito de la señora Fulton no tardó en llegar. El hombre se retorcía en el suelo, sus manos tratando de rasgar su propia camisa. Su rostro se fue poniendo rojo.
—¡Llamen a una ambulancia! ¡Necesitamos un médico! —gritó la señora, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Mi marido, no! ¡Por favor, no!
La señora Geraldine reaccionó a mi lado, corriendo hasta donde estaba el señor.
—¡Necesito que dos hombres me ayuden a quitarlo de la mesa! —ordenó con seguridad—. ¡Póngalo en el suelo!
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