La bofetada resonó en el tenso silencio del restaurante como un eco que parecía prolongarse en el aire enrarecido. Robert se llevó una mano a la mejilla, sus ojos, antes llenos de súplica y vergüenza, se encendieron con una furia cruda, casi animal. La humillación pública, las palabras de Jade, lo habían quebrado por completo.
—¡Perra! ¡Maldita perra! —rugió, levantándose de golpe, volcando su silla al hacerlo.
Sus puños se apretaron a los costados, el cuerpo tenso, listo para atacar. La marca