El eco de la bofetada resonó en el gran salón como un disparo, congelando el tiempo y silenciando la música. La cabeza de Jade fue bruscamente hacia un lado, el ardor lacerante en su mejilla la trajo de vuelta a la brutal realidad. El sabor metálico de la sangre llenó su boca, un contraste amargo con el dulce regusto de los besos robados. Las lágrimas, antes reprimidas por la inhibición, ahora brotaban libremente, no solo por el dolor físico, sino por la humillación pública y la liberación de u