87. El límite
Roxana
—¡Te equivocas! La eché y no se marchó. Tuve que dormir en mi puto sofá porque se metió en mi cama.
—Mientes —siseé dando un paso hacia él.
Mateo se rió y me dio la espalda para elevar los brazos como si no pudiera creer lo que estaba sucediendo. Al voltear de nuevo, sus ojos tenían un brillo desesperado.
—No entiendes, Roxana. Yo no quería nada de esto. Te aseguro que amo a Lucía, quiero casarme con ella —su voz se quebró ligeramente—. Pero no tienes idea del pequeño demonio provocador