34. Control de daños
Roxana
El silencio en el auto era más denso que el tráfico nocturno de Milán. Quince minutos habían pasado desde que salimos del Belle Époque, y Valentino no había dicho una palabra.
Sus ojos permanecían fijos en la carretera, pero yo sentía su rabia irradiando desde el asiento del conductor como una ola.
Había sido un error quedarme tanto tiempo hablando con Marco Viletti en esa esquina del Belle Époque. Pero necesitaba tiempo para recomponerme, para borrar el sabor de Alessandro de mis labios