El camino de regreso a la aldea fue una procesión silenciosa y solemne. El cuerpo del gran ciervo blanco, una ofrenda de peso y significado, era transportado en una camilla improvisada por dos de los cazadores. Itzli caminaba al frente, no como un líder triunfante, sino como un hombre apesadumbrado, su mirada fija en el sendero.
Nayra caminaba a su lado. Ya no era la niña perdida que habían encontrado; era el epicentro del milagro. Los cazadores ya no la miraban con curiosidad, sino con una rev